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02/10/2017

Cuando los objetos transmiten y despiertan emociones

Hace más de veinticinco años que Gabriel del Campo se encarga de rescatar el valor de lo antiguo, de buscar piezas únicas por donde vaya, restaurarlas y acercarlas a la gente. Sus espacios son anticuarios fuera de serie, porque no solo vende objetos antiguos sino que los carga de sentido, de historias y de mucha vida.

Gabriel Del Campo

Gabriel Del Campo

Fiel a su estilo, Gabriel del Campo es lo que hace. Viste una campera de cuero desgastada de otra época, un jean y una gorrita. Cada espacio donde trabaja también es su casa. La de San Isidro, donde nos encontramos para hacer la nota, la construyó él mismo. Caminarla es sortear obstáculos de una belleza inigualable, piezas antiguas de todo tipo y estilo. Subimos una escalera de madera que cruje mientras uno de sus galgos rescatado nos sigue. Pasamos por su habitación donde un colchón en el piso y una alfombra de piel se calientan con el fuego encendido en la chimenea. Llegamos a un salón enorme pintado de rojo, con una mesa de madera en el centro y repleto de más objetos a su alrededor. Gabriel es inquieto y no puede disimularlo, contesta todas las preguntas de pie o caminando por la sala, mientras yo no puedo evitar mirar dos sirenas de piedra gigantes que cuelgan en una pared y varios crucifijos que están al lado de la mesa.

En realidad esta historia empezó en otra casa, la de su abuela, en el barrio de Caballito. Ahí fue donde Gabriel forjó su primer vínculo con los objetos antiguos: “El tamaño de esa casa y de las cosas que había en ella eran absolutamente desproporcionados para un chico y eso me provocaba algún tipo de misterio que quedó guardado en mi inconsciente”, explica.

Pero muchas cosas pasaron antes de que Gabriel descubriera que con esa pasión de la infancia podía armar un emprendimiento tan grande. Cuando estaba terminando el secundario, su primera novia quedó embarazada y Gabriel tuvo que salir a trabajar. Hizo todo tipo de actividades, como repartir pan o manejar un taxi, pero siempre mantenía su afán de descubrimiento y de coleccionar objetos.

“Tuve un par de negocios que no prosperaron porque me la pasaba comprando cosas que me gustaban, pero me las quedaba para mí y no las comerciaba. Llegó un momento en que mi casa estaba repleta de tantos objetos que ya no podía sostenerlo y decidí jugarme y abrir mi primer local en San Telmo”, recuerda.

Al comienzo, Gabriel se sintió expuesto mostrando sus propios objetos que lo habían conmovido. Cuando inauguró, los anticuarios y la gente se burlaban de él porque le divertían las cosas rotas o muy gastadas en una época en la que los comerciantes norteamericanos buscaban en nuestro país objetos dorados, en mármol o de estilo Luis XV.

Nada de eso lo hizo dar marcha atrás y pronto encontró personas que entendían y compartían su mirada. El negocio fue creciendo y a los objetos pequeños sumó autos, motos, lanchas de madera y esculturas altísimas que empezó a restaurar en talleres y a mostrar en enormes depósitos en el barrio de San Telmo y en San Isidro.

Gabriel se reconoce autodidacta, absolutamente curioso y con una gran compulsión a despertar sensaciones cotidianas: tres cualidades que considera imprescindibles para trabajar en este rubro. En esa constante búsqueda, hace menos de un año creó Red Barón, una marca de prendas vintage, y hace tres meses abrió en uno de sus antiguos depósitos, Nápoles, un bar donde se puede comprar ropa y comer entre autos antiguos, objetos de otra época y esculturas enormes.

“Creo que parte de la fascinación que tiene la gente con Nápoles es porque puede tocar esos objetos y no solamente verlos detrás de una soga. Y esa siempre fue mi filosofía: para conectar con los objetos hay que usarlos y convivir con ellos en una forma muy cercana”, afirma totalmente convencido.

Es increíble la cantidad de cosas que tenés en tus anticuarios, ¿dónde las encontrás?
¡Por todos lados! Algunas personas que dan vueltas por el interior del país me traen cosas, porque nos conocemos hace tiempo y saben entender mi mirada. Cuando viajo a otros países siempre encuentro algo para comprar. Me gusta relacionarme con la gente del lugar y saber dónde están las cosas escondidas. A veces uno tiene el dato de un barrio que está lleno de compra-venta o de remates, pero el valor agregado es encontrar esas cosas espontáneamente. En una época me hospedaba en los hoteles y publicaba un aviso de compra de objetos en el diario del lugar. Muchas personas venían con piezas que servían y otras que no, pero lo que más me divertía era que terminaba entrando en sus casas y mirando cosas maravillosas.

Además de la búsqueda que realizás de los objetos, hacés un proceso de restauración.
Nosotros restauramos y también hacemos un trabajo de modificación. Si nos parece que un objeto nos pide ponerle terminales de hierro oxidado, lo hacemos. A veces las modificaciones son riesgosas, pero queremos que el objeto trasmita cada vez algo mejor. Las cosas tienen que provocar una emoción o un carácter, y no siempre encontrás ese objeto que te conmueve. Entonces si tenés un banco espectacular y unas ruedas de hierro inglesas, podés hacer lo que los anticuarios llaman “un casamiento” y unirlos. El resultado puede ser genial si el trabajo está bien realizado, pero si lo hacés mal es un asesinato.

Esa conjunción de objetos y muchos otros que tenés en el anticuario puede decirse que son piezas de arte.
Cuando juntas ciertos objetos de determinada manera puede ser bastante parecido a lo que para un artista es una instalación. Por un lado, es cierto que los objetos se ayudan o se perjudican entre ellos, pero por otro lado hay piezas con una nobleza tan grande que hacen que todo funcione mágicamente, aunque pongas una cacerola arriba de un libro. En este rubro la experiencia te hace mejorar y te permite tener un ojo más rápido y entrenado para ver estas cosas, pero siempre hay algo que es mucho más innato.

¿Qué tiene que tener un objeto para que lo elijas?
Cuando compro objetos es porque me provocan y me transmiten una emoción. Para mí los objetos son como la ópera que cuando entendés la letra te empieza a gustar más, es decir, cuando entendés de dónde vienen o por qué son de determinada manera, te acercan más. Hay objetos que en cuanto los veo disparan mi cabeza para lugares imaginarios, por ejemplo una mesa de trabajo puede hacerme sentir que estoy con el carpintero que la usó durante setenta años y con artritis en los dedos trató de seguir trabajando. El objeto es muy noble y por lo general transmite mucho más de lo que es verdadero. Aunque suelo comprar cosas gigantes e invendibles, en algún momento también me influencia el hecho de que tengo que vender y voy repitiendo como un mantra: “hoy sí compro un par de sillones”.

¿Y qué emociona hoy a la gente que se acerca a los anticuarios?
Se está haciendo complicado emocionar y vender en un mercado quieto. Creo que hay que reinterpretar a quién nos compra hoy, porque no es solo el coleccionista que valora tener una pieza, sino también gente joven del mundo de la publicidad, del diseño o del comercio electrónico a la que le ha ido bien con un emprendimiento creativo y tiene una cabeza distinta. En el caso de la ropa vintage el mercado se achica porque hay muchas personas a las que la ropa nueva les encanta. En cambio, a mí me emociona una campera de cuero gastado de la marina con sus botones y sus insignias. ¿Para qué comprar un jean Levi´s nuevo envejecido si hay algunos del `70 que son espectaculares?

¿Cuál creés que es el valor de lo antiguo o usado frente a lo nuevo y moderno?
Los seres humanos vamos tratando de formar nuestra propia imagen para transmitir lo que somos. Creo que hay personas que se toman tiempo para encontrar dentro de sí mismas para qué lado van y buscar su propia identidad. En cambio, otras personas lo encuentran en las marcas. Siempre es un riesgo buscar tu propio camino y en ese aspecto las marcas te brindan una gran tranquilidad. En mi opinión, las modas y las tendencias degradan las estéticas. Hay que descreer un poco de ellas, seguir nuestro corazón y tratar de tener menos cosas pero que realmente nos conmuevan.

¿Menos es más?
No en cantidad. Yo intenté ser minimalista y no pude. Por eso es tan importante pensarse a uno mismo rodeado de las cosas que nos hacen felices y nos conmueven. Por ejemplo, hay personas que desean llegar a su casa y sentirse un noble inglés en la campiña y tengo que armar un espacio que cumpla su anhelo. Se trata de conocer internamente a la persona para la que trabajás. El tema es que algunos clientes buscan un criterio de autoridad que yo no les puedo transmitir, porque no soy de imponer lo que a mí me parece, sino que les pregunto qué cosas les gustaban de chicos y los incentivo a un tipo de búsqueda que no todos están dispuestos a hacer.

¿Y distintas épocas o distintos estilos estéticos pueden convivir?
Soy un defensor absoluto de la mezcla y es indispensable que una casa no tenga solo un estilo. Aunque el cliente me contrate a mí o a un decorador, es importante que sienta su casa como propia y lograr eso lleva tiempo. En mis locales, por ejemplo, me gusta amontonar los objetos y me divierte la estética victoriana donde una cosa sugiere la otra, es decir que no sea obvia la exposición de la pieza. Quizá pongo algo que me gusta mucho detrás de otra cosa menos importante, porque quiero que las personas hagan un pequeño trabajo de mirar dos veces para encontrar.

Estás siempre innovando y también trabajás con autos antiguos y ropa vintage.
En verdad cada proyecto nuevo nace cuando los otros empiezan a ser menos rentables. Hace menos de un año creamos Red Baron, una marca de ropa vintage, con un socio norteamericano. Fuimos armando la estética en un trabajo muy minucioso, casi de laboratorio: trajimos camperas americanas viejas de motociclista, después compramos insignias de la Segunda Guerra Mundial y logramos que parezcan camperas nuevas de hace treinta años. Para mí esta prenda tiene una emoción distinta a la de una campera gastada que puedo comprar en un shopping. En el caso de los autos pasa lo mismo, estudiamos e investigamos para saber a quién perteneció, porque el secreto de sobrevivir en este rubro es darle valor agregado a las cosas.

¿Con los autos también realizás un proceso de restauración?
En este caso trato de no restaurar mucho porque a la gente le conmueve más tener el vehículo como fue encontrado. Trabajo con autos de carrera o autos deportivos. Antes el paradigma buscado era el lujo, en cambio hoy es la velocidad y lo canchero. Por supuesto, eso hace que los valores también hayan cambiado: con un Rolls Royce te comprabas cinco Bugatti de carrera y hoy es al revés.

¿Cómo llegó recientemente el proyecto de Napóles?
Nos había quedado un depósito en un lugar que se convirtió en un polo gastronómico y decidimos abrir un bar que saliera de lo común, es decir, del público donde la gente joven tiene un lugar mucho más importante que la gente más grande o donde la gente con más plata tiene más importancia que la gente con menos dinero. Le pusimos Nápoles haciendo referencia a la ciudad italiana, porque en las afueras de esta ciudad la gente se mezcla mucho, y eso es lo que nos gusta, que venga un actor famoso como un tipo que maneja un remis o una vecina del barrio con sus perros. El concepto en el menú es similar: comida italiana, fresca, casera y simple, sin presunciones ni ingredientes sofisticados, pero con mucho color en el plato.

¿Vos tuviste objetos fetiche?
Una vez compré la moto del mecánico de mi barrio de la infancia que corría con ella y siempre perdía. También tuve un cuerno de narval (un pez) que es una especie de marfil en forma de tirabuzón. En la fantasía es como el cuerno de un unicornio y siempre me gustó el mito que cuenta que a la reina de Inglaterra le vendieron un cuerno de narval como si fuera el de un unicornio y ella pagó con un castillo. El valor de los objetos que me atraen está dado por la intervención humana y no por la época o cuán antiguo es. Creo que mi trabajo tiene algo de todo ésto: vender historias e ilusiones. Por eso a mis clientes les cuento las historias de los objetos que les interesan e incluso las mejoro, porque sé que así ocuparán un lugar más importante en su vida.

Es cierto que cada objeto esconde una historia y según su contexto y su uso transmite una intención o comunica algo.
Absolutamente. Hubo un tiempo que trabajé en la casa del semiólogo Eliseo Verón y solíamos hablar acerca de que los objetos siempre transmiten algo y pueden ser manipulables para generar deseos y sensaciones. De lo contrario, no sería entendible por qué el mismo objeto provoca emociones similares en culturas distintas.

¿No solés apegarte a los objetos que te gustan mucho?
Cuando estoy demasiado apegado, le subo un poco el precio, porque en realidad lo que necesito para desprenderme es la energía que da el dinero, que para mí no tiene mucho valor en sí misma pero es lo que me permite seguir buscando y comprando otros objetos. Por eso vendo con alegría, e incluso como vivo en todos los espacios donde trabajo, muchos clientes se terminan llevando algo de mi propia casa.

¿Te imaginás siempre dedicándote a este rubro?
Por supuesto, me gustaría morirme haciendo ésto y en mis últimos años quisiera poder hacerlo para mí sin importarme la parte comercial en lo absoluto. Si hay algo que aprendí a lo largo de todo este tiempo es que lanzarse a la pileta funciona cuando las cosas las hacés con el corazón.


Texto: María Florencia Sanz
Fotos: Sol Díaz Couselo

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