Parasite. Esto no es el sueño húmedo de Karl Marx

“En la lucha de clases todas las armas son buenas: piedras, noches, poemas”

Paulo Leminski

Mientras escribo este artículo es sábado 15 de febrero. En aproximadamente dos horas (poco más, poco menos) se cumplirá una semana desde que Parasite obtuvo algo que parecía ¿Imposible? Pongo los signos de pregunta porque en realidad la imposibilidad no es tal, no solo por el hecho que en sí ocurrió, sino porque dentro de los cánones del Hollywood actual y su inclusividad, esto es muy posible o hasta necesario dentro de la nueva sociedad de películas y sus estrellas. Esta movida bien podría ser otro ejemplo de su ocasional grotesco exceso de corrección política pero no, en realidad Parasite es muy buena. En serio, es muy buena.

La historia de una familia pobre que manipula las circunstancias que se van dando para engañar a una familia de clase alta y terminar los cuatro trabajando para ellos es una comedia grotesca de notable mérito y más. Desde un vocabulario cinematográfico brillante hasta un guión con grandes cualidades literarias. Liderada por un reparto destacado, la película ahonda en la lucha de clases y las diferencias sociales que desatan esa guerra.

La obra toca el tema del Hell Joseon un término inventado y usado por la juventud surcoreana para manifestar su enojo social por las condiciones desiguales y la falta de trabajo en su país.

Lo hace desde su protagonista principal el joven Kim Ki-woo (también llamado Kevin en el film) y su hermana Kim Ki-jeong, quienes representan a miles de jóvenes en todo el mundo cuyos sueños se ven truncados por la falta seria de oportunidades. Su futuro es oscuro y parece repetir la historia de sus padres que se ven condenados a la pobreza y el desempleo.

Estos padres a su vez representan a los dejados de  lado por el sistema del país asiático, gente que sobrevive como puede y donde puede.

Del otro lado, están los Park una familia acomodada que aun desde sus buenas intenciones están desconectados de las penas que sufre el mismo pueblo del que ellos son parte.

Además, está la familia de la criada y su marido que pertenecientes a la misma clase que los Kim servirán como nexo argumentativo entre ambas familias y el desenlace del film.

La película podría haberse quedado como un sueño húmedo del filósofo y sociólogo alemán Karl Marx ya que exhibe los puntos flacos del sistema capitalista y el desprecio de la clase alta por aquellos que menos tienen. Pero este no es el caso. Parasite es más inteligente, menos sistemática, más humana.

Nadie es santo de la devoción de Bong Joon-ho: ni el rico, ni el pobre. Mientras los Park son ajenos a los dolores que sufren las clases bajas y realizan comentarios insensibles con ellos (aunque es cierto que muchas veces de forma inocente), los Kim realizan un proceso manipulativo que arruina el trabajo de otras personas en la misma situación que ellos y traiciona la confianza de los Park.

Evidencia así que no hay empatía ni siquiera entre las clases, ni siquiera dentro de las mismas. Quizá sea por la necesidad de supervivencia que viven nuestros personajes pero quizá es algo interno donde el ser humano no puede jamás poner primero a otro.

Ya cerca del final donde el padre de los Kim asesina al padre de los Park tras un gesto asqueroso de este, pareciera evocar de forma literal la guerra de clases.

La eterna antinómica dualidad entre el rico y el pobre.

Su conclusión, donde nos dejan creer que el hijo jamás liberará al padre de la casa donde está encerrado tras el asesinato, nos recuerda tal vez lo inútil de esa guerra en realidad.

Porque pareciera que las cosas rara vez cambian en gran escala.

Parasite es una obra de arte, un arma de crítica con balas poéticas que en estos tiempos tan ásperos que corren desde lo político y lo artístico es más que bienvenida.

No hay blancos o negros en Parasite, sino un gris profundo que envuelve la trama y sus personajes y los convierte en un conflicto y personas reales que podemos ver en los día a día de nuestros respectivos países.

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