:: BRúJULA
30/07/2020

Jueves de Lectura

Las Malas, de Camila Sosa Villada

Las malas es fuerza y poesía. Camila Sosa Villada logra una voz potente, tan conmovedora como genuina en un relato íntimo y testimonial. También es una historia trágica y dolorosa que no recae en el melodrama sino todo lo contrario, ilumina con ternura y magia las heridas y los lazos solidarios de una comunidad de travestis en Córdoba. Como dice Juan Forn en el prólogo: “Las malas es esa clase de libro que, cuando terminamos de leer, queremos que lo lea el mundo entero”.

Sueño del hotel sin nombre, de Beatriz Vignoli

Tres escritorxs han revisitado lugares de Rosario a partir de algunas fotos, y también han hecho el camino contrario: han ido a la foto teniendo como disparador un recuerdo. Textos-ecos de Rosario, textos que fueron escritos especialmente para Filba Rosario. Compartimos en este newsletter el texto de la escritora Beatriz Vignoli.

¿Qué sería de la poesía sin los paseos? Pasear es salir al encuentro del mundo.

Es contemplación en movimiento, sensorial, físico. Nuestras ciudades, al menos en el cambio de siglo XIX al XX, lo previeron. Era otro higienismo, solar, oxigenante; domingos ganados por los sindicatos anarcosocialistas para democratizar la flânerie.

Fue por entonces, desde lo estatal, que el paisajista francés Carlos Thays diseñó el Parque Independencia de Rosario y espacios verdes de Buenos Aires. Parques urbanos, ámbitos seminómades de presencia cuyos senderos habilitan vistas panorámicas, cuyo paisaje alterna escenas y vacíos, cuya amplitud aloja la experiencia del espacio en su más plena potencia de infinito. Todo eso nos aguarda, derrochando su luz.

El sábado me senté a recordar un paseo.

Fue un paseo que hice por Buenos Aires en el otoño o invierno de 1987 con mi compañero de entonces, Fernando. Allí compuse mentalmente un modesto poema imagista, “Almagro”, quizá mi primer poema objetivista; allí comenzó un proyecto de escritura que decantó en un magro libro, Almagro (EMR, 2000; Nebliplateada, 2019).

El texto no estuvo a la altura de la experiencia que obtuve del paseo: una experiencia de presencia pura, un instante que recuerdo como de absoluta claridad. 

La noche de este sábado soñé con el hotel sin nombre. En el sueño formo parte de un contingente de turistas culturales (¿escritores en un congreso?) que paramos en un hotel en Buenos Aires. Por fuera es muy suntuoso, un edificio imponente todo revestido de mármol rojizo. Lo veo como un prisma gigante, una gran caja rojiza. Adentro es laberíntico y tiene distintos grados de lujo o miseria. Los sectores para los trabajadores son deprimentes. El resto es menos modesto pero no tan suntuoso como la fachada. Todo esto me demuestra que es un hotel y fue creado como tal. Se cuenta que antes perteneció a Bartolomé Mitre y era una mansión. Nadie sabe decirme cómo se llama el hotel ni si es realmente un hotel ni si lo fue siempre, ni dónde queda, pese a que estamos ahí. Un hombre mayor me susurra que las mujeres se las ingenian para adivinar el nombre, él no sabe cómo. Supongo que buscándolo en el mapa aparecerá el nombre. En el sueño, lucho por armar un plano de Buenos Aires con pedazos de un mapa que rompí. Lamento haber tirado el otro día los que guardaban mis padres. Al fin alguien ha conseguido localizar el hotel. Queda en Mitre al 3400 o Mitre al 1500. Me inclino por el 3400 ya que estamos en un barrio y al 1500 sería zona centro. Sin embargo, se dice que hay dos copias, y la otra está en el centro, que nos es temporalmente inaccesible.

Me despierto y anoto el sueño en el teléfono para compartirlo en mi grupo de soñantes. Hay una forma de trabajar con los sueños que no consiste en la interpretación sino en la acción. Así que me siento el lunes ante mi computadora y continúo la acción que intenté en el sueño. Abro Google Maps y encuentro que en Buenos Aires, Avenida Bartolomé Mitre 3410 es la dirección del hotel Aires Express. Queda en el Once: una mole roja de ladrillo en la esquina de Sánchez de Loria y Bartolomé Mitre. Existen sus 50 habitaciones en 7 pisos, no encuentro desde cuándo. A muy pocas cuadras de ahí, en Almagro, está el punto de partida del paseo. Fue el departamento de Fernando, un contrafrente en PH sin luz solar, donde viví (siempre como huésped) en períodos de pocos días, espaciados varios años entre sí. Fue una relación extensa. No me animo a hurgar entre sus cartas, que tengo bastante a mano en el placard, pero con la ayuda de mi memoria y Google Maps encuentro que quizás en Don Bosco al 3400 estaba el lugar de donde partimos. Me “suenan” varias imágenes de frentes que muestra la foto en “3469 Don Bosco CABA”. O puede que esté en una de esas pocas cuadras, las pocas que mide esa calle según indica el mapa. Me impresiona la desolada foto, que ha de ser bastante actual. Anda un muchacho corpulento a cara descubierta que mira nervioso a su alrededor, como si fuera consciente de la presencia de la cámara. El ingreso al edificio lo tuve muy presente todos estos años, en los que recordé aquellos azulejos cerámicos de esmalte caramelo enmarcando un mural cerámico a lo Paul Klee, y la sensación de salir de golpe al sol blanco intenso que resplandecía entre los plátanos de Almagro. 

Si quedaba entre Liniers y Sánchez de Loria, pudimos haber salido después de un almuerzo tardío y trasnochado, a la deriva, al sol de las primeras horas de la tarde; y debemos haber caminado hacia el norte Fernando y yo, por Sánchez de Loria hasta Avenida Rivadavia, cruzado la avenida y luego andado una cuadra más hacia el norte. Recuerdo que en el sueño se hablaba de que el hotel quedaba “más allá de la avenida”. En efecto, antes de doblar por Bartolomé Mitre lo primero que habremos visto es la mole del hotel, si es que ya existía entonces (de todos modos en los sueños suelen superponerse capas de tiempo). Después es posible que hayamos caminado hacia el oeste hasta el paisaje ferroviario, porque las vías de tren ejercen una atracción magnética sobre los paseantes que merodean en derivas urbanas por las ciudades. 

Era domingo, creo recordar. O lo parecía. O merece haberlo sido. No recuerdo si nos detuvimos en el puente, o si contemplé al pasar la luz del sol que resplandecía en todo su fulgor sobre una pared blanca al otro lado de las vías. Sé que tuve al verla una sensación de antigüedad sin fondo, de un tiempo sin límites, de haber existido desde siempre sin comienzo. La foto que se abre en Google Maps bajo la dirección “3911 Bartolomé Mitre, CABA” muestra el espacio donde estoy casi segura de que vi esa pared áspera, encalada aunque no lo diga en el texto. La pared sigue ahí; podría ser la última en la foto de izquierda a derecha que tiene un arco de medio punto. Se la ve sin repintar, entre dos edificios, con una pintada de grafitero que dice en letras azules: MORS. “Puente de hierro” llamé en el poema a los paneles de fierro atornillados que se ven en la foto, cubiertos entonces por capas y más capas de afiches (electorales, tres años después de las presidenciales de 1984). Una señora mayor de vestimenta humilde los arrancaba a jirones y los iba juntando en una bolsa de nylon, quizás para vender el papel por peso y así compensar la hiperinflación rampante y poder comer algo, aunque no pensé en nada de eso. Mi juvenil manía haiku de apuntar la estación del año mediante un detalle de la naturaleza (“las hojas que arden”, es decir: una fogata) me ayuda a situar temporalmente la experiencia: otoño, o vacaciones de invierno. Pero el lugar exacto de la visión se encuentra al norte de la avenida Rivadavia, de modo que no queda en el barrio de Almagro sino en el de Palermo, o más bien en algún punto incierto entre Palermo y Villa Crespo; con lo cual, si el poema y el libro pretendían hacer documentalismo poético, he aquí un error no muy catastrófico, pero sí catastral.

Pienso que aquel fue un libro de derivas situacionistas, de paisajes hallados como pura presencia al perderme en las ciudades. Es lo que más extrañamos tantos en este exilio interno domiciliario donde reconstruimos (con una precisión que no nos importó entonces, cuando toda la calle estaba disponible, al menos para quien tuviera el vigor y la movilidad de andarla “a pata ‘e perro”) la cartografía del explorador/flâneur en nuestra mente, con la ayuda de una novedosa interfase entre dos o tres virtualidades: sueños, Google Maps y memoria. Son viajes astrales como los que haremos cuando ya no tengamos cuerpo con el que seguir andando cuando se pueda salir de nuevo a merodear, a vagabundear, a pataperrear; merodear, merodear, esa furtiva palabra.

La vida en la cornisa, por Inés Fernández Moreno

Inés Fernández Moreno usa el humor como una herramienta, como un arma, como carnada o una ofrenda. Lo despliega, lo disfraza, para generarnos incomodidad o para aliviarnos de la incomodidad que la vida o la vida detrás de las historias nos genera. El humor como un vaso de agua para poder tragar otra cosa. Reírse es una decisión.

Estas historias tan cercanas, frescas como lo que es joven, pasan por todos los niveles del humor, desde el más inocente hasta el que es el contrapeso de la tragedia. Desde una mujer que lucha con una rata u otra que despide a su padre, hasta una niña que quiere aprender a nadar o un hombre que desarma artefactos, todos sus personajes andan por un camino angosto a punto de perder el equilibrio y caer al desastre. Viven en la cornisa, como pueden, ajustan su deseo y lo que son al espacio y el tiempo acotados, acomodan el cuerpo, pero lo que sienten y piensan no cabe. Pisa más allá, vuela.

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