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Nahuel Pérez Biscayart. El niño terrible.

Nahuel Pérez Biscayart tiene sólo 23 años y ya actuó en teatro, cine y televisión. En el 2008 ganó una beca de perfeccionamiento que le permitió trabajar varios meses en Nueva York. “Valoro muchísimo a la gente que arriesga”, afirma en esta entrevista.

TEXTO NOELIA FUKSBRAUNER

Nahuel Pérez Biscayart empezó desplegando su talento en televisión, pero su trabajo impactó con más fuerza en los ámbitos del teatro y el cine. Aún no había cumplido 20 años cuando, en 2005, recibió el premio Estímulo María Guerrero por su labor en la obra de Alejandro Tantanian Los mansos. Ese mismo año, Clarín le otorgó el premio Revelación por su trabajo en El aura, la película de Fabián Bielinsky. A mediados de 2008, llegó el reconocimiento desde el exterior: lo seleccionaron para participar de la Iniciativa Artística Rolex para Mentores y Discípulos, lo que le permitió trabajar durante varios meses en Nueva York junto a Kate Valk, una consagrada actriz de teatro estadounidense. Años atrás, cuando empezó a estudiar teatro en un taller de su secundaria, Pérez Biscayart no imaginaba nada de esto. “No sé por qué elegí anotarme en ese curso”, asegura.

¿Recordás la primera clase de teatro a la que asististe?
Sí. Enseguida pensé “¿qué estoy haciendo acá?”. Tenía esa edad espantosa en la que sentís que el cuerpo crece de manera deforme y que todos te miran raro y debía exponerme frente a mis compañeros de escuela. Me la banqué bastante bien. Con el tiempo, el curso de teatro se convirtió en lo único divertido que pasaba en la semana. Las clases eran los viernes a la tarde. El colegio se vaciaba, dábamos vuelta un aula gris y la llenábamos con ropa de colores. Se trataba de algo muy básico: rompíamos con las formas y nos adueñábamos del espacio. Llegamos a montar una obra y ganamos varios premios. Nahuel Pérez Biscayart

¿Cuándo te diste cuenta de que podías dedicar tu vida a la actuación?
Cuando vi que los demás aprobaban lo que hacía. Aparte, no encontré una opción mejor. De hecho, hoy en día siento que actuar es lo único que sé hacer, aunque me gustaría aprender a manejar avionetas, por ejemplo.

¿Lo decís en serio?
Sí, me gusta mucho volar. Cuando era chico, volé en un ultraliviano y flasheé. A partir de ese momento, empecé a armar aviones a escala. Cuando viajaba con mi familia, me preocupaba por averiguar a qué velocidad volaba el avión en el que íbamos y cuántos pasajeros podía transportar. Nahuel Pérez Biscayart

Pero, ¿te imaginás trabajando como piloto en el futuro?
Me veo como piloto de Singapur Airlines [risas]. Creo que lo que me atrae es que, desde el aire, apreciás la inmensidad del mundo. Hace poco, cuando estaba volviendo de Nueva York, el avión cruzó el Caribe durante la noche. El cielo estaba despejadísimo y la luna iluminaba todo. Pude ver con nitidez Cuba, Jamaica y otras islas. Era como observarlo todo desde un satélite. Alejarme un poco y mirar las cosas desde otro lado me da mucha calma.

A TRES PUNTAS
Su primer trabajo en televisión fue en Disputas. Después, integró el elenco de programas como Sol negro, Mujeres asesinas, Conflictos en red, Amas de casa desesperadas o Aquí no hay quien viva. En teatro, actuó en Los mansos y Los sensuales, obras dirigidas por Alejandro Tantanian, y en Los padres terribles, bajo la mirada de Alejandra Ciurlanti. También participó en más de diez películas, entre las que se destacan El aura, de Bielinsky, Tatuado, de Eduardo Raspo, Cara de queso, de Ariel Winograd, y La sangre brota, de Pablo Fendrik. Además, protagonizó Glue, de Alexis dos Santos, y Antes, de Daniel Gimelberg, películas que aún no se estrenaron en el circuito comercial, y durante 2009 estuvo trabajando en Patagonia, un largometraje del galés Marc Evans. Nahuel Pérez Biscayart

¿Qué diferencias percibís entre el trabajo en televisión, cine y teatro?
Aunque la estructura se parezca, se me hace difícil encontrar un vínculo entre los tres lenguajes. La tele de todos los días no transmite nada, es una suerte de teatro filmado que carece de narración cinematográfica. El cine, en cambio, se interesa mucho por la imagen; tiene en cuenta los planos que se utilizan, la luz, etcétera. De ese modo, el actor se encuentra más contenido. En teatro, no podés relajarte nunca. El encuadre es enorme y no está permitido equivocarse.

¿Te gusta esa adrenalina que se genera en el teatro?
Me encanta. Es similar a lo que viví en la película Glue, donde improvisábamos mucho y no podíamos relajarnos. En televisión, por suerte, actué en unitarios, que tienen tiempos de realización bastante parecidos a los del cine. Las tiras diarias son un “sálvese quien pueda”.

¿Existe un prejuicio de los actores de teatro con respecto al trabajo en televisión?
Yo trato de no prejuzgar. Estoy aprendiendo a disfrutar todo. No me importa que el producto final sea de buena o mala calidad. Valoro muchísimo a la gente que arriesga. Últimamente prefiero los proyectos que, aunque tal vez sean un poco desprolijos, intentan hacer algo nuevo. Lo que ocurrió en Glue, por ejemplo, fue mágico; disfruté mucho el rodaje. En teatro, sucedió algo similar con Los sensuales. Sentí que el proceso de creación de esa obra fue caótico.

EL DISCÍPULO
Un integrante del Comité de Nominaciones de Rolex vio actuar a Pérez Biscayart en una de las funciones de Los mansos. Así se inició algo muy grande. Rolex otorga cada dos años una beca a artistas de seis disciplinas diferentes (teatro, cine, literatura, artes visuales, música y danza) y reúne a los talentos elegidos con artistas consagrados para que intercambien vivencias y compartan algún tiempo. “Rolex patrocina ese vínculo y hace todo lo necesario para que se materialice”, explica el actor Nahuel Pérez Biscayart.

Los elegidos cuentan con un ingreso fijo para cubrir los gastos que implican los encuentros con los mentores. Al finalizar la beca, los ganadores también reciben dinero para encarar un proyecto propio que esté relacionado con su profesión. Luego de postularse para recibir la beca, el actor pasó por varias fases de selección. Finalmente, la mentora, Kate Valk –precursora del teatro experimental en Estados Unidos–, lo eligió entre tres finalistas.

¿Conocías algún trabajo de Kate Valk antes de postularte para la beca?
La verdad, no. Me puse a investigar su trabajo antes de viajar a Nueva York. Miré videos, leí y estudié muchísimo inglés. Le dedicaba cerca de ocho horas por día al idioma. Llegó un momento que soñaba en inglés. Nahuel Pérez Biscayart

¿Cuántas veces te encontraste con ella durante el periodo que duró la beca?
La beca exigía que tuviéramos, como mínimo, 30 encuentros. Yo tuve ganas de pasar un buen tiempo en Nueva York. Si hubiese sido escritor, habría podido mandarle textos por mail a mi mentor, pero la actuación requiere un trato personal. Me quedé cerca de nueve meses allá. Conseguí un alquiler bastante barato y organicé todo para hacer rendir el dinero. Nahuel Pérez Biscayart

¿Qué hiciste durante tu estadía en Nueva York?
Los primeros meses fueron alucinantes. Iba a ver los ensayos del grupo de teatro que integra Kate. Estaba acostumbrado a ser parte de las obras, pero ahí tuve la posibilidad de ser espectador durante el proceso creativo. Resultó una experiencia riquísima.

¿Tenés ganas de dirigir una obra de teatro?
Coqueteo todo el tiempo con la idea. Por lo general, los actores no participamos del proceso creativo de los proyectos en los que trabajamos. Nuestra tarea se reduce a desempeñar un papel de la mejor manera posible de acuerdo con las necesidades del autor o del director. Claro que hay excepciones, como Glue.

Comentabas que en Glue tuviste más libertad para improvisar.
Sí. Además, éramos un equipo de sólo diez personas y todos opinábamos. No había una bajada de línea. La opinión de los auxiliares valía tanto como la de los autores o el director. Fue un trabajo colectivo de verdad. El grupo de teatro de Kate Valk también tiene algo de eso. Se trata de actores que trabajan juntos desde hace años y todos opinan sobre sus obras, todos tienen permiso para sugerir cambios. Es increíble.

¿Te ayudó para actuar el hecho de conocer desde antes a tus compañeros de elenco de Glue?
Cuanto más conozco a las personas que actúan conmigo, más placentero me resulta el trabajo. Algunos directores prefieren juntar a dos actores que no se conocen para ver qué ocurre; yo siento que, al tener una relación cercana con mi compañero, puedo moverme más fácil. Siento más libertad para tener contacto físico con él, tengo confianza como para ayudarlo. Del elenco de Glue, conocía a Inés [Efrón] y a Nahuel [Viale] desde la época en que estudiábamos teatro con Nora Moseinco. En ese taller improvisábamos mucho, así que rodar la película fue como llevar a la pantalla lo que hacíamos en las clases.

¿También te es más fácil trabajar con un director que ya conocés?
La relación con un director es diferente porque el diálogo pasa más por los aspectos técnicos del trabajo. Los actores, en cambio, deben ejercitar el vínculo y la mirada. Mientras hablo con el director, trato de procesar lo que me dice para ver qué quiere que haga. A veces, ni siquiera hace falta hablar con él para hacer una escena. Uno también puede desconfiar de la mirada del director… Eso es un bajón porque no tenés un parámetro para saber si lo que estás haciendo está bien o mal.

Cuando no te gusta algo de tu personaje, ¿se lo decís al director?
Obvio. Si uno no se siente cómodo con su papel, el resultado no es bueno. Entonces, hay una suerte de negociación entre el actor y el director. El actor puede exigir cambios porque siente que mejoran la escena o, simplemente, porque es un caprichoso que ignora las necesidades del director. En cualquier caso, debe producirse una comunión entre director y actor. Como sea, hay que confiar en la mirada del otro.

¿Qué cosas evaluás a la hora de aceptar un papel?
Existen muchas variables. Una es el trabajo previo del director. Por ejemplo, si me convoca Lucrecia Martel, me embarco en el proyecto sin pensarlo. Aunque sea para servir la mesa o sostener un trípode, lo aceptaría por el simple hecho de trabajar con ella y con su equipo. En otros casos, puede atraerme el elenco, la historia o el papel que me ofrezcan. Uno también debe considerar la duración del proyecto. Hacer una película no lleva más de dos meses, pero una obra de teatro a veces implica un año de ensayos y otro año de funciones. Siempre contás con la posibilidad de bajarte de la obra, pero es un poco traumático. Igual, en cierto punto esas decisiones son intuitivas.

¿Qué proyectos tenés para los próximos meses?
En diciembre viajo a Londres porque se va a realizar una gala de cierre de la beca Rolex. Por otro lado, me ofrecieron hacer radio en una emisora independiente. Tengo un amigo que me brinda un espacio en su programa para mostrar la música que recopilo en mis viajes.

¿Vas a iniciar algún proyecto teatral con el dinero que te otorga la beca?
Todavía no lo sé con certeza. La idea de Rolex es que con esa plata produzca algo que me ayude a mí como artista y a ellos como promotores del arte. Me interesa iniciar algún proyecto que me resulte placentero y con el cual me sienta identificado. Ahora estoy en un momento de transición.

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