:: PERSONAJES
10/01/2017

Marta Minujín. Vivir para crear, crear para vivir

Escuchar hablar a Marta Minujín es entrar en otro planeta, en el suyo, donde todo parece ser posible. Lo que imagina lo consigue, tanto en el arte como en la vida, porque para ella uno es el otro y viceversa. Su osadía, su histrionismo y su genio la convirtieron en la artista más emblemática de nuestro país.

Marta Minujín

Marta Minujín

¿Siempre fuiste de seguir tus impulsos?
Sí, siempre estuve decidida con lo que iba a ser y concentrada en una sola cosa. En una época fui muy combatida en Argentina, cuando realicé La Menesunda, pero siempre supe que quería hacer un arte imposible, es decir cosas muy difíciles de lograr. Todos los días trabajo en eso hasta conseguirlo.

¿Qué intentás transmitir con tus obras?
Quiero transmitir un mensaje de paz y libertad, que nadie tiene derecho a prohibir. Sobre todo libertad en el pensamiento, porque todos los pensamientos tienen que ser libres y espontáneos. En el Partenón de Atenas, los filósofos se dedicaban a pensar durante años qué es la belleza, la verdad o las ideas. Esa libertad total de pensamiento es la que quiero rescatar.

¿Antes buscabas lo mismo que ahora?
No, antes hacía cosas más divertidas, por eso fui pop. Siempre pensé que la diversión era una catarata de sucesos que no se conectaban entre sí. Todavía sigo haciendo esas pinturas de colores estridentes pero como una manera de pasar el tiempo, porque hoy lo que más me convoca son los grandes desafíos.

¿Cómo es tu trabajo con los mitos universales?
Tomando el siglo XXI trabajé sobre el concepto de hacer desaparecer los grandes mitos universales para inventar los nuestros. Por ejemplo hice un obelisco acostado de setenta y cuatro metros de largo que la gente podía atravesar. Me interesa descolocar a las personas para que se acostumbren a nuevas circunstancias y sientan cómo cambian las cosas cuando las vemos diferentes. Al descolocarnos crecemos, porque eso implica que tenemos que adaptarnos a algo distinto.

También creaste el concepto de la obra de arte comestible…
Sí, hice un obelisco de pan dulce y un lobo marino de alfajores en Mar del Plata. Una vez que las obras estuvieron terminadas, la gente podía llevarse el pan dulce y los alfajores y me ayudaban a desarmarla. Lo que me interesa con estas cosas es desmitificar los mitos populares para re-mitificarlos, como la estatua gigante que hice de Carlos Gardel recubierta de algodón y que después prendí fuego (porque él murió en un accidente de avión que se incendió). Muchas personas se reunieron alrededor de la estatua mientras cantaban el tango Volver. Estas obras crean una situación emotiva grupal y a la gente le encantan porque se siente parte.

Cada una de tus obras debe estar repleta de anécdotas…
Tengo millones de anécdotas. Una que siempre recuerdo es cómo conseguí los 200 colchones para hacer la ambientación Galería blanda en New York. Eran colchones viejos de un hotel veinticuatro horas que había cerrado después de que sucedieron tres crímenes en el lugar. Así que entré al hotel y fui tirando los colchones desde el último piso.

¿Cómo ves hoy al arte argentino?
Con mucha gente que crea, pero veremos quiénes quedarán.

¿Y qué creés que debe tener un artista para perdurar en el tiempo?
Ante todo debe tener convicción propia de su personalidad. Un gran artista cierra los ojos y no ve otras cosas que inundan su mente y lo confunden. Un artista tiene que hacer lo suyo y no lo de otros.


Por: Florencia Sanz

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