:: COLUMNA
09/09/2020

¡HARTOS!

El confinamiento por la cuarentena ha hecho mella en los jóvenes que ven como sus vidas académicas y profesionales se deterioran. La convivencia por momentos se hace insostenible y recurren a prácticas ilegales de la nueva normalidad para vivir momentos de disfrute que tanto necesitan.

Amistad e ilegalidad
Según un estudio realizado por un grupo de científicos de la facultad de Psicología de la Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales (UCES) en Argentina, y constatado con un relevamiento que llevó a cabo la Universidad Complutense de Madrid, los jóvenes entre 18 y 39 años experimentan un mayor nivel de ansiedad, depresión y estrés por el confinamiento que el resto de los grupos etarios. Como dijo Aristóteles: “el hombre es un ser social” y la frase es tan antigua como cierta.

No es solo el hecho de estar encerrados en nuestras casas y tener que convivir las 24 horas del día con nuestros padres y hermanos, parejas o en soledad. Sino la incertidumbre de no saber cuando esto acabará. Los primeros días nos propusimos ser mejores: ayudamos en la casa, estudiamos y/o trabajamos, hicimos ejercicio. Pero llegó un momento en que explotamos. Nos deprimimos, nos angustiamos, nos desesperamos. Éramos tigres enjaulados. Necesitábamos salir de las cuatro paredes de nuestro hogar y pasar tiempo con nuestros amigos. Es algo necesario para nosotros. Nos hace bien, nos despeja la mente. Pero no se podía, estaba prohibido. ¿Hay algo peor que prohibirle cosas a personas que se creen invencibles? Personas que se llevan la vida puesta, porque así nos sentimos en nuestros veintes.

Por esto nacieron las juntadas/previas/fiestas clandestinas, pónganle el nombre que quieran. En un solo lugar se reemplaza todo lo que se vivía un viernes o sábado por la noche normal hace un año. No se hagan los sorprendidos. Saben que la noche lleva a excesos. Alcohol, drogas y sexo. No somos más vivos por tener, de vez en cuando, una noche que para nosotros será inolvidable. Seguramente el tiempo nos quitará razón, pero hoy, en nuestra juventud, elegimos creer que así son y así serán estos momentos de diversión pura, sin inhibiciones. Con amigos y personas que conocemos gracias a Instagram o Tinder, pero que están en la misma sintonía.

Y realmente, como lo hacemos ahora en la nueva normalidad, es peor. Los excesos están a la orden del día. Estamos en un lugar privado para los de afuera, pero para nosotros, que estamos allí dentro, la privacidad no existe. No hay que manejar, no hay que aparentar estar sobrios para entrar al boliche. Un trago, un shot, un porro. Todo se vuelve difuso. Y sí, salimos para divertirnos, para estar con nuestros amigos, pero también para sentirnos atractivos. El sexo es algo que fue mutando a lo largo del tiempo. Ya no es algo tabú. Para los jóvenes es no solo una necesidad importante, sino que también cotidiana. Y la privacidad dentro de ese quincho, departamento o casa desaparece porque todos saben que está haciendo cada uno. Si no estas tomando o drogándote estas encerrado en otra habitación con dos tres o cuatro personas para tener relaciones.

¿Quiénes deben velar por nuestra seguridad y hacer respetar el aislamiento social preventivo y obligatorio? Mejor que lo cuente Florencia: “Volvía de un pre en Capital para mi casa en Zona Norte cuando, a eso de las ocho de la mañana en plena 9 de Julio, nos pararon. Estábamos todas arregladas. Se notaba lo que habíamos hecho. Les presentamos permisos e inventamos excusas en el momento. Queríamos zafar. La respuesta fue que nos cuidáramos y manejáramos con cuidado”. No se debe caerle a toda una fuerza por un solo caso, pero se sabe que no es el único. ¿O acaso no escuchan música fuerte cuando patrullan, o no reciben denuncias de vecinos sobre fiestas? Mejor hacer la vista gorda.

Obviamente hay jóvenes que no hemos participado de estos encuentros. Pero también hay quienes han roto la cuarentena y generaron conflictos dentro de sus familias. Como Bautista, que después de varios meses sin ver a sus amigos organizó una cena. Distanciamiento social, ningún objeto tocado dos veces por una misma persona y días después la noticia de que uno de ellos tenía Coronavirus. Tras saber que estuvo expuesto directamente tuvo que marcharse de la casa, por pedido de su madre y luego de una discusión, hasta demostrar que no estaba infectado. Porque, a fin de cuentas, para nosotros es eso. No nos importa contagiarnos, es una gripe más. ¿Pero y si contagiamos a nuestros padres o abuelos? ¿Cómo manejamos la culpa? Martina habla de esto: “Una es joven y no puede poner pausa a su vida. Pero no se puede vivir si constantemente sentimos que ponemos en riesgo la salud de los mayores. Es imposible vivir con ese sentimiento de culpa y la incertidumbre de cuando esto va a terminar”.

Joaquín, siguiendo la línea de Martina, cuenta que los primeros 75 días no visitó a sus abuelos por miedo a contagiarlos. Él los veía tres veces por semana y, cuando hablaba por teléfono, los notaba tristes. Un día apareció de sorpresa y su abuela le dijo que “verlo a él le dio las fuerzas que necesitaba para seguir”. Ahora Joaquín va todas las semanas para seguir disfrutando de Carlos y Matilde, de 87 y 84 años.

No todo es joda
El doctor en Sociología y profesor de la Universidad de Sevilla, Antonio Echaves, afirma que los jóvenes no alcanzan la vida adulta hasta que logran la independencia económica. Hace varios años que se instauró en la Argentina que es necesario ser acreedor de un título universitario para poder competir en el mercado laboral. La Universidad de Buenos Aires (UBA) es de las más prestigiosas en Latinoamérica, pero se vio avasallada por la situación. Martina cuenta que al principio “fue un desastre porque ninguna facultad estaba preparada para encarar esto como las privadas. Muchos profesores daban clases por motus propio por Zoom, pero tenía compañeros que quedaban excluidos”. Ella estudia derecho y, al tener materias teóricas, pudo adaptarse. Pero en las carreras con materias practicas la adaptación fue imposible. Se perdió el año.

Florencia asiste a una universidad privada y tuvo una cursada “normal”. Tres horas diarias de las distintas materias. El problema, en su caso, fue que los profesores no estaban capacitados para dar clases online. El cuatrimestre también se perdió, pero porque no se aprendió nada.

El trabajo forma parte de nuestra rutina. La crisis mundial afecto a innumerables empresas y se han perdido puestos de trabajo. Además, la incorporación de nuevos empleados no es prioritaria. Muchos de nosotros hemos comenzado pequeños emprendimientos para ganar un extra. Y para mantenernos ocupados. No sabemos tener tiempo libre dentro de nuestra casa.

Victoria, al no viajar hacia el trabajo y la facultad, y no poder ir al gimnasio, comenzó a vender chocolates. Al principio recibía pedidos y consultas, pero llegó un momento en el que se estancó. Materia prima inmovilizada, dinero invertido y la frustración de convivir con el fracaso. Lentamente se empieza a recuperar, pero lejos de aportarle a su economía, los chocolates son una excusa para estar ocupada. Para no pensar, angustiarse y deprimirse.

El aislamiento para protegernos es necesario. El contacto con nuestros amigos, familiares y parejas también lo es. La incertidumbre genera desesperación, las noticias de otros países en donde lentamente se vuelve a tener una vida “normal” hace que la paciencia se agote.

Tal vez la prohibición de todo no sea la solución. Tal vez permitir los encuentros sociales luego de más de 100 días de aislamiento en espacios comunes, a la vista de todos, y con las medidas adecuadas no llevaría a los jóvenes a poner en riesgo su salud en juntadas clandestinas. Tal vez es necesario flexibilizar algunos aspectos y ser más rígidos en otros para evitar los excesos. Tal vez si todos cumpliesen su rol, hoy estaríamos mejor.

O quizás solo soy un joven de 25 años que habla sin saber.

Por Sebastián Villalobos

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