«Es el fin del mundo tal como lo conocemos»

Michael Stipe, líder de R.E.M, publicó el pasado 21 de marzo en la cuenta oficial de la extinta banda un mensaje en el que animaba a sus fans a mantener las formas durante esta cuarentena. La letra ya la conocemos (manos lavadas a cada rato, no salir de casa, prudencia, responsabilidad…), y la música con la que inició el vídeo también. Publicada originalmente en 1986 en Document, el quinto álbum de la banda de Athens (Georgia), It’s the end of the world as we know it (and I feel fine) ha vuelto a ponerse desgraciadamente de actualidad a causa de la pandemia.

Es verdad que, a lo largo de sus más de 30 años de vida, nunca ha estado del todo olvidada, lo mismo ha sonado al comienzo de Independence day (1996) que en un episodio de Los Simpsons de 2001 que tuvo a los miembros de R.E.M. como invitados especiales. Incluso aparece en un sarcástico bucle en una escena de la novela apocalíptica Diario de una invasión zombie (TimunMas), de J.L. Bourne. Sin embargo, los momentos que vivimos la han puesto más de actualidad que nunca e incluso se ha aupado a los primeros puestos de iTunes, donde ha estado durante varios días entre los cien singles más vendidos.

Y el caso es que, más allá del machacón estribillo de la canción, “es el fin del mundo como lo conocemos (y me siento bien)”, poco hay en su torrencial letra que resulte comprensible o identificable con esta crisis mundial provocada por el coronavirus. “Esto es genial, comenzó con un terremoto / Pájaros y serpientes, un aeroplano, Lenny Bruce no está asustado / El ojo del huracán, escúchate a ti mismo / El mundo sirve a sus propias necesidades, no a las tuyas”. Así arranca el temazo, con una mención a un movimiento sísmico que algunos iluminados han querido ver como una referencia bíblica, como un síntoma del fin de los días, algo que Stipes, creador de estos versos nunca ha reconocido.

Lo que sí ha explicado es el sentido que tiene aquí la aparición de Lenny Bruce, polémico monologuista estadounidense arrestado en varias ocasiones por obscenidad y muerto con 40 años, en 1966, de sobredosis. En una especie de name dropping diarreico, la canción menciona también al compositor de orquesta Leonard Bernstein, al difunto dirigente de la URSS Leonidas Breshnev y a Lester Bangs, periodista y crítico musical que había muerto apenas cinco años antes.

¿Qué tienen todos ellos en común? Las iniciales de sus nombres: todos L.B. ¿Cuál es el mensaje oculto que Michael Stipe pretende hacernos llegar? Él no lo sabe, pero quizá su subconsciente sí. “La letra surgió de un sueño en el que estaba en la fiesta de cumpleaños de Lester Bangs y era la única persona allí cuyas iniciales no eran L.B. Sí que estaban Lenny Bruce, Leonid Brezhnev, Leonard Bernstein…”, contó el cantante a la revista británica Q en 1992.

Señalaba Stipes en la misma entrevista que, cuando escribe, a él las palabras le vienen de todas partes. “Soy extremadamente consciente de todo lo que me rodea, igual despierto que dormido”. Así que todas esas imágenes en apariencia desordenadas y sin relación que aparecen en la letra, como “seis en punto, hora del televisor, no te dejes atrapar en una torre extranjera” hasta “fiesta de cumpleaños, tarta de queso, gominolas, bum”, son en realidad exactamente eso: conceptos inconexos: “Son muchas cosas que había visto en la televisión mientras iba cambiando de canal. Es una colección de corrientes de conciencia”, reconoció en la misma revista.

En otra entrevista Stipe recordó que la canción a punto estuvo de no aparecer en el disco, porque a Peter Buck, guitarrista de la banda, no le gustó nada la primera vez que la escuchó. Por lo visto, el cantante se quedó escribiendo la letra de la canción mientras el resto de la banda se fue a cenar y para cuando volvieron ya la tenía terminada. Buck odió ese tono apocalíptico desde el primer momento, pero al final Stipe le convenció y acabó rindiéndose. “Gracias a Dios, siempre nos hemos tenido el uno al otro para convencernos de lo equivocados o acertados que podemos estar”, dijo el cantante con cierta ironía.

Fuente: Aitor Marin en elpais.com

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