¿Cómo nace “Cemento” la obra teatral de tu autoría que recibió el Premio Estímulo a la creación y producción de las Artes Escénicas del Banco Ciudad con el Apoyo del Complejo Teatral de Buenos Aires?
“Cemento” nace en el lugar donde me encuentro con el placer: la escritura. Hace tiempo que quería escribir sobre desamor, estuve sumergida casi con exclusividad en lecturas sobre corazones abandonados y apareció el deseo de pensar en esto en relación al teatro. Me gusta la poesía que tiñe o dispara una separación, esa concepción romántica de sufrimiento que hoy es casi vetusta pero que al mismo tiempo defiendo y me inspira. Además, estoy obsesionada con el género epistolar, investigando y recogiendo material desde hace años, así que empecé a trabajar en ello como dispositivo textual para contar esta historia. Tuve la sensación de que a través de cartas se podía administrar mejor el dolor de una despedida.
¿Cómo vivieron todo el proceso de ensayo? ¿Y cómo te sentís dirigiendo tu propio material?
Con la pandemia avanzada y el texto terminado, conversamos con mi burbuja-familia (Leonel Elizondo, Camila Romagnolo y Agustín Obregón) sobre la posibilidad de ensayar. El mundo estaba cerrado, casi vivíamos juntxs, teníamos que trabajar en algo sensible para corrernos del miedo. Leonel es un actor precioso y descomunal, a quien no dejé de imaginar ni un día en la carne del personaje. Con Camila compartimos esa debilidad por lo cinematográfico que queremos llevar al teatro, además de que es actriz y tiene experiencia coacheando y dirigiendo a actores y actrices. Agustín tiene herramientas técnicas para aportar y una sensibilidad artística que emociona. Me animaron a dirigir la obra y de pronto estábamos ensayando.

En la escena la música aparece y entra en diálogo con la acción…
Siempre supe que era un material que necesitaba un diálogo profundo con el lenguaje musical, así que con el tiempo y mayores libertades convoqué a tres artistas hipnóticxs: Flor Piterman, Ana Sofía y Juan Frattari para armar una banda que pudiera tocar en escena temas de los 80’s. A partir de ahí nos convertimos en un elenco “normal”, buscando traducir el código epistolar al cuerpo de la escena, ensayando comprometidamente hasta le llagada del premio que nos alegró mucho y nos permitió seguir explorando y creciendo.
¿Cómo imaginaste ese encuentro con un espectador “post pandemia”?
Puede que les tema un poco a lxs espectadores post pandémicos. Le encuentro sentido cuando descubro que me volví muy exigente como espectadora después de meses sin ver teatro. Pero celebro que volvamos a encontrarnos, a escucharnos, a intercambiar miradas, a compartir nuestros trabajos y a resignificar el esfuerzo.
Después de piezas teatrales como “Marisa Wayner vende” o “Beatriz Beatriz”, ¿cómo se fueron transformando tus procedimientos e ideas sobre la representación?
En principio, inscribo esa transformación en un trabajo reflexivo y consciente sobre las formas. Dejar de pensar la dramaturgia en términos tradicionales o aristotélicos y encontrar mi propio ritmo, mi propia voz que está íntimamente ligada a la poesía. Luego, desde la dirección, priorizar el equipo de trabajo, aceptar y explorar las herramientas con las que me gusta contar a la hora de pensar una puesta. Atender la actuación que la obra pide. Darle más valor a mis creaciones, tomarlas en serio. Y por último, el diálogo amoroso con la música que desde hace un tiempo aparece para enriquecer mis universos. Siento que cada vez nos comunicamos mejor.

¿Cómo empezó tu vinculación con el teatro?
Mi primer acercamiento fue, como creo que le pasa a muchas personas, desde la actuación. Mi tía era actriz y me gustaba ir a verla. Empecé a hacer talleres de teatro a los 7 años. Estaba fascinada con ese mundo de ficción que podíamos construir con el cuerpo. Me parecía demasiado palpable, mucho más que un libro. Todavía me pasa un poco eso. Con el tiempo descubrí que prefería estar detrás y no delante de un escenario.
¿Cómo aparece en tu vida la práctica de la escritura?
Creo que fui una niña muy aburrida, o que se aburría bastante, y leer fue mi manera de escapar de eso. En casa no existía el hábito de la lectura. Mi padre viajaba por trabajo y empecé a pedirle que me trajera un libro en cada oportunidad. Así fui construyendo mi biblioteca. La escritura se desprende de esa primera pasión. Y también era un modo de salirme de ahí, de estimular mi imaginación y de encontrarme con otrxs.
“Acaricio Perros” (Editorial Santos Locos), tu primer poemario, habla del duelo, del dolor, del amor y la amistad desde una mirada cotidiana, lo simple devenido drama. ¿Cómo fue ese proceso de escritura y cuál es tu mirada hacia esa primera publicación? ¿Volvés a leerlo de vez en cuando?
Qué linda esa última pregunta. Hace mucho que no me encuentro con el libro en la intimidad, sólo vuelvo a esos poemas en eventos de poesía o lecturas públicas para compartirlos en voz alta. Supongo que por los tiempos propios de los procesos editoriales, que entre que se escribe y se publica hay un largo trecho, y entonces los textos van quedando atrás o, como me sucede ahora, me encuentro más enfocada en la escritura de un nuevo poemario.
Empecé a escribir “Acaricio perros” en el 2015 y se publicó en el 2020. Fue mi primer experimento con este lenguaje. Tenía algunas imágenes tristes que quería sacarme de encima y sentía que la poesía se aparecía en mi vida como una forma contenida que le hacía justicia al dolor. Atravesé algunos talleres y corregí el poemario con amigxs, hasta que me topé con Marcos Gras de Santos Locos. Fue un hallazgo ese encuentro, voy a estar siempre agradecida. “Acaricio perros” es eso para mí, un primer paseo por este mundo del que no me quiero ir nunca.

¿Cuál fue la experiencia recogida de tu paso por México?
Fue breve pero me llenó de amistades, libros, paisajes, y esta certeza: en cualquier lugar del mundo puedo hacer un hogar.
Mientras estabas allá, mantuviste un intercambio epistolar con la dramaturga, escritora y amiga, Laura Sbdar. Más de 500 cartas de puño y letra en una época signada por la pantalla digital y la instantaneidad. ¿Cómo fue la experiencia de zambullirse en ese otro-tiempo? ¿Qué planes tienen para ese material?
Laura es mi hermana de las letras. Las cartas vinieron a darle forma a nuestro vínculo hermoso y fundamental que siempre está muy atravesado por la palabra y, en particular, por la palabra escrita. Luego vinieron las escapadas personales y creo que no nos quedó otra. Escribimos para alcanzarnos.
Me fascina el universo epistolar porque se demora, nos enseña a cultivar la paciencia en esta época del ya. Hubo una carta que le envié desde México y que por el contexto llegó un año exacto después. Con Laura queremos darle valor a ese destiempo. Escribir sabiendo que escribimos desde el pasado y leer desde la interrupción, mensajes que no urgen pero que se instalan en el presente y lo movilizan. Seguimos investigando este diálogo mientras atesoramos papeles sin tiempo.
En tu obra se intuye un interés por la palabra pero también por la imagen, por citar uno: “Camarines” (FIBA, 2020) el proyecto fotográfico en el que pones en diálogo la fotografía con las artes escénicas y que captura el instante previo de un elenco antes de salir a escena, ese momento en el que la energía es potencia y que circula entre artistas y espejos. ¿Cómo recordás esa experiencia? ¿Qué descubriste de presenciar ese ritual antes del gran ritual que es el cuerpo en escena?
La fotografía es muy especial para mí por su obvio carácter documental, pero también porque me concede el don de la impunidad. Con una cámara adelante abandono la vergüenza y me adentro en los detalles. Alejandra Varela, periodista que me acompañó durante todo el proceso de registro de este proyecto, dijo algo así como: “la cámara te hace desaparecer”. Estoy muy de acuerdo. Creo que tuvo que ver con esa fuerza, con desaparecerse para observar, contener, y exponer la intimidad de otrxs. En este caso, registrar cómo los actores y las actrices van transformándose en camarines mientras se preparan para hacer una función.
Poder retratar estos cambios fue una experiencia muy reveladora y otro modo que encontré para acariciar el teatro.

Estas a cargo de la producción y dirección de la colección de fanzines de Ediciones Luismi. Hace poco salió “Trauma”, ¿Cómo se lleva a cabo esa convocatoria y que aprendizajes deja el trabajo de compilación colectiva?
Trauma es la tercera edición del fanzine de Ediciones Luismi que hacemos con Juan Gabriel Miño (yo me sumé en las últimas dos). En esta ocasión, convocamos a artistas vinculadxs a las artes escénicas para que escriban sobre heridas de la infancia. En general se trata de eso: elegimos un tema que nos interpela e invitamos a personas que están relacionadxs de alguna manera a escribir sobre eso. Casi que nos dedicamos a armar familias y las eternizamos en estos libritos.
Priorizamos la diversidad para no caer en el nicho y atendemos desde cerca la calidad literaria. También compartimos un sentido de la intuición que nos ayuda en el trabajo y que, creo, es esencial para cualquier editorial autogestiva.
Por último, el objeto fanzine como obra para ser mirada y no sólo leída, nos interesa enamorarnos del “coso”. Quien se lleva el mérito de esto es Marianela Micoli, la diseñadora gráfica y editorial de Luismi.
¿Qué otras aventuras te esperan para el 2022?
Sería triste responder esta pregunta con certeza, pero me gustaría viajar con Cemento, terminar el nuevo poemario, recibir una carta inesperada, escribir una obra que transcurre en el espacio, empezar la Licenciatura en Artes de la Escritura.



