A la edad de cinco años, Wong Kar Wai se mudó con su familia a Hong Kong desde su natal China. A pesar de sus aparentes similitudes entre la pequeña Hong Kong y el gigante de Asia, ambas son culturas distintas entre sí.

Sin poder hablar cantonés, el pequeño Wong había perdido el pilar de toda interacción humana: la comunicación. Al ver a su hijo sin amistades, su madre -que también pasaba por la misma discordia lingüística- decidió llevarlo al cine un día tras otro para ver película tras película.

En el cine, Wong entendería que el lenguaje más universal es el de las imágenes. El séptimo arte rompía con la barrera de las palabras y mientras el proyector siguiera encendido todos los espectadores entendían la misma lengua: niños, adultos, ancianos, y migrantes chinos por igual.

Aprender de los grandes 

Muchos años después, el cineasta originario de Shanghai se graduó en diseño gráfico de la Universidad Politécnica de Hong Kong. Tras egresar, casi de inmediato se inscribió en un programa de formación de guionistas de la famosa cadena de televisión TVB.

Durante su período como guionista televisivo conocería al legendario Patrick Tam, uno de los directores pioneros de la Nueva Ola de Hong Kong entre los 70s y 80s. Con la mentoría de Tam, Wong arrancaría su carrera en el cine.

De hecho, Patrick Tam dirigió Final Victory (1987) escrita por su alumno y se encargó del montaje del que sería el primer éxito de crítica y segunda película de WongDays of Being Wild (1990). Así como Bruce Lee tuvo a Ip Man como su maestro en los puños, Kar Wai tuvo a Tam como su consejero en el set.

Wong Kar Wai

La identidad wongkarwaiana 

En 1994 se estrenaría Chungking Express, cinta que lo cambió todo. Lleno de premios y elogios internacionales -como de la revista francesa Cahiers du Cinéma y el director Quentin Tarantino-, Wong había encontrado la esencia de su narrativa, y su manera de contribuir al cine.

En Chungking Express la soledad invade a los personajes en medio del caos neón irradiante del Hong Kong nocturno. Los protagonistas se pierden entre monólogos internos autoconclusivos, en donde las imágenes, los gestos, el tacto, las miradas, y la comunicación no verbal dicen más que las palabras.

Además, el talento del cinefotógrafo australiano Christopher Doyle (con quien Wong ya había trabajado en Days of Being Wild) hizo de los visuales un atractivo hiperestésico. Sus encuadres casi claustrofóbicos, y la acertada iluminación de interiores reflejaron con exactitud la intimidad psicológica de los personajes.

Doyle y Kar Wai son una de las duplas con mejor dinámica cinematográfica, sobre todo por sus habilidades innatas para improvisar durante el rodaje.

Forjando a la leyenda 

Al éxito le siguió Fallen Angels (1995) una historia de amor no convencional con pequeños tintes de acción y crimen, pero con la misma fórmula narrativa y estética que Chungking Express. En 1997 Wong abandona el agitado ritmo de las metrópolis asiáticas para trasladarse a Buenos Aires al ritmo del tango en Happy Together.

Pasarían tres años hasta el estreno de In the Mood of Love (2000). Filme insignia de Wong Kar WaiIn the Mood of Love ha sido la obra de no habla inglesa mejor valorada del siglo XXI; una deliciosa obra visual, elegante, y compleja al mismo tiempo, en donde todo lo que no se dice con palabras, se cuenta a través del lente. Su trayecto continuó con 2046 (2004) el primer acercamiento de Wong a la ciencia ficción y secuela directa de In the Mood of Love. 

Wong Kar Wai dedicó cinco años a la restauración en 4K de la colección, que abarca algunos de sus trabajos más célebres de las últimas décadas, como: 2046 (2004), Chungking Express (1994), Fallen Angels (1995), Happy Together (1997), In the Mood for Love (2000). La restauración fue dirigida por L’Immagine Ritrovata y completada en Bolonia y Hong Kong bajo la supervisión de Wong Kar Wai, en colaboración con Criterion. La colección también incluye Ashes of Time Redux (2008) y The Hand (2008).

Las obras restauradas se pueden ver en MUBI, plataforma de streaming con curaduría.

El proceso de restauración le ha permitido revisar sus películas, arreglando viejos problemas y haciendo nuevos cambios. ¿Siente que una película está alguna vez terminada, o siempre hay más formas de jugar con lo que se ha hecho? ¿Debe considerarse una película como una obra de arte viva?

Como dice el refrán: “ningún hombre pisa el mismo río dos veces, porque no es el mismo río y él no es el mismo hombre”. Habiendo llegado al final de este proceso, estas palabras siguen siendo válidas.

Usted es conocido por trabajar con la improvisación en el set, y con guiones o escenarios que cambian durante la producción. ¿Sus películas le sorprenden en la forma final que adoptan? ¿Cómo es para usted este proceso de descubrimiento, de realización del verdadero destino de una película?

El cine es un proceso orgánico de principio a fin, por lo que debe haber muchas sorpresas en el camino. Nunca se sabe qué película se tiene realmente hasta que se entrega.

¿Qué opina sobre el papel de la curaduría en el cine, tiene más importancia con el auge del streaming de películas?

Cuando era joven, la idea de “world cinema” no existía. Veíamos cualquier película que encontráramos en los cines. Hoy, algunas de esas películas han vuelto a ser accesibles en las plataformas de streaming. En cierto modo, no importa tanto dónde existan mientras las personas tengan acceso a ellas.  

¿Han visto usted y su familia las películas en casa de forma diferente? ¿Influirá esta experiencia en su forma de hacer películas o de pensar en el cine en el futuro?

Hoy en día cuesta menos esfuerzo transmitir una película en casa. Sin embargo, el streaming no debería afectar fundamentalmente a la forma de hacer una película, siempre y cuando el placer de ver películas no cambie, y nosotros, como cineastas, sigamos sirviendo a ese propósito.

La pandemia ha obligado a muchos a reconsiderar y reevaluar sus relaciones personales y sus necesidades de intimidad y conexión humana. En estos tiempos difíciles, ¿cuál es el “mood of love” hoy en día?

Solidaridad y compasión.