:: COLUMNA
27/05/2019

Un mundo de extremos que nos exige estar informados

Hoy, más que nunca, el ser humano se enfrenta con la obligación de pertenecer a un bando. Hay una enorme polarización que se evidencia en varias esferas de la sociedad: la política, los estilos de vida, el deporte o la religión, por mencionar solo algunas. El problema radica en que, por lo general, esos bandos están en los extremos y son poco tolerantes con ideas diferentes a las suyas. De este modo, esa obligación de pertenecer a un grupo también radicaliza a las personas, que marchan enceguecidas hacia donde les indiquen. ¿A qué obedece este fenómeno?

Un mundo de extremos que nos exige estar informados

Un mundo de extremos que nos exige estar informados

El principal caldo de cultivo es la falta de información. La cultura de lo light y el poco esfuerzo por construir opiniones propias, y no prestadas, contribuye con esta problemática.

Para ilustrar esta posición basta con observar, por ejemplo, el panorama político de muchas de nuestras democracias: la falta de interés de las mayorías por formarnos una posición estructurada nos envía hacia los extremos. De este modo, unas elecciones, más que un periodo de debate y sana discusión, son un campo de batalla ideológica que incluso deteriora amistades y relaciones familiares.

El resultado es un movimiento pendular que está llevando a nuestros países de la izquierda a la derecha extrema; ciclos cuyas consecuencias van desde la corrupción sistemática hasta la amenaza de libertades que creíamos ganadas hace mucho tiempo. La posibilidad de estar en un punto medio, más equilibrado y sensato, es cada vez más difusa.

Y es que este desinterés de la opinión pública por formarse adecuadamente está, sin duda, al servicio de los extremos. Así nos convertimos en presas fáciles de las noticias falsas y tendenciosas, que hoy pululan en los medios y las redes sociales.

De hecho, si pasamos del plano de la política a campos más cotidianos, el panorama no varía mucho. Con base en mensajes persuasivos, pero poco fundamentados, los incautos somos conducidos con facilidad hacia grupos o militancias que se convierten en modas y se reproducen como la espuma.

Incluso grandes objetivos, como el respeto por la diversidad, el cuidado del planeta o la inclusión a todo nivel, se ven desvirtuados por la radicalización que en algunos casos plantean sus promotores. Así, antes que ciudadanos que contribuyan con un mundo mejor, estos grupos congregan militantes que atacan a todo aquel que contradiga sus postulados.

No se trata de ser apocalípticos y pensar que todo está perdido; que la humanidad marcha hacia una radicalización sin retorno. Se trata de intentar cambiar el rumbo, de observar que muchas cosas no van bien y que estamos enfrentados unos con otros sin sentido, sin fundamentos reales.

Ahora que inicia un nuevo año este puede ser un gran propósito. La tolerancia como virtud superior, basada en la responsabilidad de no tragar entero, de informarnos por canales adecuados, antes de atender a llamados persuasivos.

Esta misma tolerancia debemos inculcarla en nuestros hijos, siendo antes que nada ejemplo para ellos. Formándolos como ciudadanos libres, que le rinden tributo a su derecho a ser felices, pero siempre con la brújula apuntando a informarse adecuadamente y construir opiniones bien fundamentadas.

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