:: PERSONAJES
10/12/2016

Eugenio Cuttica. Alma mística.

Artista argentino, hace más de 30 años que crea obras con la intuición como motor. Envuelto en su propia dimensión espiritual, realizó la exposición “La mirada interior”, en el Museo Nacional de Bellas Artes. “Los cuadros no son representaciones de lo que uno ve, sino que evidencian una realidad invisible”, asegura.

Eugenio Cuttica

Eugenio Cuttica

Siempre decís que encontraste tu vocación a los 7 años. ¿Cómo fue eso?
Ocurrió mientras jugaba con plastilina en la cocina de mi casa. Llegaba a un nivel tan alto de concentración que perdía la división entre sujeto y objeto: no sabía si la plastilina era yo, o si yo era la plastilina. Me empezó a suceder desde muy pequeño, antes de que adquiriera el lenguaje para expresarlo. Años más tarde, cuando hice un curso sobre Budismo, en la Universidad de Nueva York, me explicaron que lo que sentía era un fenómeno de vínculo con otro plano.

¿Por qué estudiaste Arquitectura?
Estudié seis años pero no me interesó recibirme; me faltaron un par de materias y algunos exámenes. En mi época no había tantas carreras de diseño e imagen como ahora. Bellas Artes no me gustaba porque sentía que le faltaba rigor. Entonces empecé Arquitectura, que es una carrera que aborda la estética de una manera científica. Si bien casi no trabajé de arquitecto, la formación me influyó muchísimo. Me permitió adquirir conocimientos que después apliqué en mi obra. De este aprendizaje, por ejemplo, viene mi método de trabajo en serie y por proyectos: primero analizo detalladamente lo que voy a hacer; después, cuando me pongo a ejecutar la idea, dejo de pensar.

En tus obras hay dos períodos muy marcados: “Grito” y “Silencio”. ¿Cómo fue el salto de uno a otro?
La transición sucedió alrededor de los 40 años. Me empecé a introducir en el conocimiento de las filosofías orientales y conocí a maestros espirituales de Estados Unidos y Canadá. A raíz de esto, tuve que desandar un camino con el que sentí que había llegado al límite de la enunciación. Tanto grito va perdiendo fuerza y ya no brinda ningún efecto. Entonces me adentré por otro canal, el del hemisferio cerebral derecho, que es la forma de pensamiento intuitivo, tan ligada a lo femenino.

¿Cómo se combina esta intuición con el pensamiento intelectual?
La sociedad está diseñada para el hemisferio cerebral izquierdo, que es el racional. Los seres humanos somos víctimas del racionalismo extremo. Creemos que si dejamos de pensar ya no existimos. Pero no es así. Al contrario, tanto pensamiento puede resultar un gran ruido en la mente, casi como tener una radio prendida con comerciales todo el tiempo. A veces hay que apagar ese ruido para poder observar la profundidad. Para eso hay que dejar de pensar. Así las aguas se calman y se puede ver el fondo. Aunque sea difícil, es importante hacer el intento.

¿Por qué tanta referencia a lo femenino en tu producción?
La mujer se acerca más al pensamiento artístico. Es puramente intuitiva y recurre en mayor medida el hemisferio derecho que los hombres. Utilizo mucho un personaje de una niña de 9 años, llamada Luna. En principio, me inspiré en la hija de unos amigos, después tuve otros modelos. La niña representa esta forma de no pensamiento y la verdadera femineidad. En el tríptico Luna y ballena, la niña está de pie sobre una silla mirando el horizonte. Tiene la mirada panóptica, que atraviesa la materia y se conecta con el todo. Es la mirada de la conciencia.

¿Sos muy exigente con tu trabajo?
La exigencia que tengo es insoportable; algo insano, una locura. Mi padre fue quien me la inculcó. Muchas veces resulta paralizante, pero en algún punto me sirvió, porque si uno sobrevive a tanta autoexigencia puede hacer cualquier cosa. Se desarrolla una voluntad inquebrantable.

¿Qué te llevó a dejar Buenos Aires para instalarte en Nueva York?
Decidí irme a Nueva York por el tema de los autoexilios. Un artista siempre debe ser un extranjero, porque si uno está dentro de lo familiar, no evoluciona. Son esenciales los exilios, aunque uno no se mude de ciudad. Es como sacarse la propia piel y vestirse con otra. Quien no pasa por esto no puede hacer un arte verdadero. El exilio externo ayuda al exilio interno. Te permite enfrentar la soledad existencial y encontrar esa verdad despojada de mitos. En realidad, un artista es un resignificador de mitos.

¿En qué sentido el artista es un resignificador de mitos?
El artista tiene que encontrar las verdades ontológicas, porque su misión es recordarle a la gente lo que es primordial, eso que se ha olvidado en una especie de océano cultural de la insignificancia. El mundo da vuelta la jerarquía de temas y nos hace creer que es importante aquello que no es. El arte vuelve a poner todo en su lugar. Por eso tiene un poder sanador. Creo que, en la vida cotidiana, todos vivimos un sueño; la verdadera realidad ocurre cuando soñamos. Como dicen los maestros orientales, “el que mira hacia afuera duerme y el que mira hacia adentro despierta”.

¿Cómo es tu relación con la espiritualidad?
Es continua. Vivo en la dimensión de la espiritualidad las 24 horas del día. El arte es la verdadera espiritualidad. Las religiones son partidos políticos o se dedican a lo social. Lo único que hoy conserva una conexión de la gente con la mística es el arte.

¿Y cómo hacés cuando la vida actual te exige salir de esa dimensión?
Me pongo una máscara, que varía depende de la situación, y actúo. Aunque sé que esa no es mi verdadera personalidad. Yo soy, por ejemplo, el que está hablando ahora.

¿Cuán importante creés que es la formación académica en los artistas?
Los artistas deben formarse en el academicismo. Es necesario hacerlo para entender lo que es; pero una vez aprendido, hay que dejarlo y hacer la obra propia, porque si no todos terminan pintando con el mismo estilo.

¿El arte tiene el potencial de transformar a la audiencia?
Sí, estoy seguro. De todas las disciplinas artísticas, la pintura es la menos mentirosa. Los cuadros no son representaciones de lo que uno ve, sino que evidencian una realidad invisible. Esto va directamente al inconsciente colectivo y trae una tremenda capacidad de transformación. Algo queda grabado en el alma de las personas.

¿Qué es para vos ser un artista?
Se es artista porque no hay otra opción: el arte lo elige a uno; es un mandato. No es entretenido, es más bien una carga grande, como llevar todo el tiempo una mochila llena de piedras. Pero, a su vez, uno termina amando a las piedras. El artista es una persona que sufre y acepta el dolor y, en ese aceptar continuo, va creando anticuerpos hasta que ya no lo siente. En este hecho redentorio, se inmuniza contra el sufrimiento. Así se produce la liberación total, que lo conduce al plano de la felicidad.


Por: Florencia Sanz
Fotos: Fabián Sans

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